miércoles, 12 de mayo de 2010

Remando con una cuchara de palo en el mar.


Le costó llegar hasta el baño, lavarse la cara, peinarse y decidir si se recogía o no la melena. Optó por el pelo suelto y por echarse crema en la cara. Por qué no, también algo de maquillaje. Mientras se miraba al espejo e intentaba tapar las señales inequívocas de quien no ha conseguido concicliar el sueño, las palabras del día anterior continuaban retumbando en su cabeza. Pensó que era inevitable. O le gustó que fuera inevitable. No lo tenía muy claro. Cogió sus cosas, salió intentando no hacer ruido y, entonces, cuando se volvía para mirarse al espejo del ascensor, se dió cuenta de que se le había ido de las manos. Intentó restarle importancia, intentó olvidar los ultimos días, intentó volverse a mirar al espejo sin sentir desconcierto por haber sido infiel a sus principios. Por segunda vez. Pero fue inevitablemente absurdo. Fuera todavía todo estaba oscuro. Abrió el coche, se sentó, suspiró y arrancó. Cuando llegó al trabajo, se abrió una ventana. Quizá dos. Tres... Como otros días. Y ella las cerró.